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Elegía a la casa y otros recovecos
Lady López
Los dulces años de infancia
El eco de su presencia siembra primavera en mis inviernos, y el recuerdo de sus caricias reverdece el jardín de mis otoños. El verano, arrepentido de su huída hacia el pasado, se instala soberano en el palco de honor de mi memoria”.
© Bruno Kampel
I
Cambia la escena. Todos permanecen inmóviles. Es de día, es la hora y el momento preciso. No hay antes ni después. ¡Comenzamos!
La educación católica me sirvió para alejarme de Dios, y en la comunión perdí la Fe. Fui victima de las monjas que, por debajo de sus hábitos, cubrían su encarnizada violencia, y en sus miradas exhibían su arrogancia ante aquello que tuviera un poco de pureza. Dos o tres golpes con la baqueta sobre las palmas de las manos convertían las letras en dolorosas verdades.
Si Dios me hubiese acompañado,
tendría dibujadas en las pupilas
pájaros de estaño y un corazón
habitado por el mundo.
Huí del abecedario cuando entendí el significado de las palabras abuso, brutalidad, intolerancia, impiedad y opresión. Nunca más podría convivir con ellas. De puntillas y en silencio escapé a las luces, armada de cincel y espadas de acero para las arduas embestidas.
No sólo los vocablos entraron con energía. La infancia también tuvo su lado punzante y cruel. Mis compañeras de pupitre advertían mi aparente fragilidad de espíritu. Después de rodearme como enjambres, se transfiguraban en buitres para picarme los ojos y amordazar mi cuerpo. El sortilegio de mis alas vencía los injustos ataques. Marchaba con la prisa de mis pies, soy mis pasos tierra firme, y Pegaso al vuelo gritaba a mi oído: vive en libertad, ¡corre y huye, déjalas atrás!
Aún después de haberme fugado, los buitres siguen mis huellas, los tengo en casa, se dicen amigos, me estrechan la mano, y me tienden una trampa. Son entelequias del ayer, implacables me asaltan en la noche aunque sé que les he vencido.
Cerraba la vida escolar de la infancia cuando descubrí que no era yo quien era. Ante los hombres me nombran y en el bautismo me renombran. Un abismo al interior me divide, soy dos continentes en un peñasco. Puedo cambiar de piel a mis antojos. Las máscaras cubren por primera vez mi rostro, y así me muestro. Los caminos se bifurcan: perdí las huellas, perdí el himen que franquea con insensatez la historia marcada en el oráculo.
No soy lo que no he sido y lo que no seré:
soy cristal en dos fragmentos...
la soledad se hace polvo...
me asfixio en el tumulto...
¿Quién soy? : ¡Ahora, camaleón!
II
Los años infantiles terminan con el abandono de mi padre. Al partir, llevaba en las maletas una botella de alcohol, sus mujeres y su rudeza. Al despedirse encontré en su mirada, oscura y fatigada, la absolución que da el arrepentimiento. Fue la única vez que con su bendición sentí alivio. Estrechó entre sus brazos a sus críos y su vista se nubló al guardar en su bolsillo aquel triste adiós. Le vi en las pupilas su amor fraternal y duradero.
De cepa maya, aprendiz de jaguar,
serpiente emplumada, hombre bronce,
hijo de la calle que le vio jugar,
errante entre las tinieblas,
guerrero imbatible.
Aquí te despido:
encuentra la luz del amanecer.
Erecto, y desgajado por dentro, se fue solo, así como llegó. Partió y, al hacerlo, la casa recobró la luz. Al paso de los años logré entender su intolerancia. Habitó la calle, su nombre se deletrea en la banca del parque que le prodigaba el descanso nocturno. No hay arraigo cuando no se tiene una taza de café caliente y unas sábanas limpias para refrescar los sueños.
Fue un presagio. Después vi partir a otros seres luminosos. Al evocarlos, acudo a su encuentro como en días de fiesta o me refugio en la orfandad cuando me faltan sus caricias o la tibieza de sus manos.
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